Not Yet Trending es un reportaje de investigación elaborado por Airbnb. Analizamos los datos de viajes de nuestros huéspedes para encontrar destinos emergentes antes de que se vuelvan populares. Y para descubrir las historias que se esconden detrás de los números, recurrimos directamente a su origen: nuestros anfitriones. Nuestro último descubrimiento es un archipiélago portugués en pleno océano Atlántico donde los lugareños viven en volcanes inactivos, cultivan las piñas más dulces del mundo y, por lo que hemos podido ver, están creando un pujante centro urbano rebosante de creatividad.


No parece una zona vinícola, pero lo es. Augusto Silva es uno de los pocos que han conseguido plantar viñedos en el duro suelo rocoso de las islas. Lejos de rendirse ante la infertilidad de la tierra volcánica sobre la que se asienta su terreno en la isla de Pico, Augusto y sus colaboradores buscaron y transportaron, en carretillas o a cuestas, tierra más fértil de las zonas más alejadas del mar en este macizo de lava milenaria bañado por el océano.  

Para proteger las uvas de la sal que salpica el mar cercano a la plantación, Augusto construyó un pequeño recinto para cada viña utilizando la oscura y porosa roca volcánica de la isla. Estos muretes, en su conjunto, dan a las zonas no montañosas de la isla un impresionante aspecto enrejado. Después de 50 años labrando las tierras de la isla, Augusto tiene ahora 80 años. Mientras nos sirve una copa del vino dulce, intenso y de color ambarino que él mismo produce, nos cuenta el secreto de su longevidad: «¡el trabajo!» (aunque quizás el vino también tenga algo que ver, a juzgar por la generosidad con la que nos lo sirve utilizando una vieja y arrugada botella de refresco).

El próspero viñedo de Augusto es una metáfora evidente de la fertilidad de las nueve islas que conforman este archipiélago portugués, remoto y desconocido durante mucho tiempo, y que desde hace unos años se ha convertido en un hervidero de ideas que atrae a viajeros con una mentalidad alternativa y se nutre de ellos.

Este movimiento se ve propiciado, tanto en el arte como en la gastronomía o el diseño, por una generación de jóvenes oriundos de las islas que, motivados por una ineludible curiosidad, salieron a ver mundo para volver después con las maletas cargadas de ideas. «Traen lo que han aprendido en otros lugares y resulta muy enriquecedor», afirma Cristina, anfitriona de Airbnb en la isla de São Miguel, la más grande del archipiélago. Ella y su marido Robert, Superhost de Airbnb, alquilan su casa de campo tradicional, recientemente reformada para retirar una decoración ochentera algo desacertada y revelar así su estructura de madera y caliza.

Le preguntamos por la creciente popularidad de las Azores como destino turístico. «Da un poco de miedo» afirma, «espero que podamos optar por un turismo sostenible y próximo a la naturaleza, en lugar de atraer a grandes masas. La naturaleza es nuestro bien más preciado en estas islas».

En este enclave en pleno océano, la naturaleza impera con su belleza y su fuerza imperturbables. El núcleo candente del planeta pugna por salir a la superficie, manifestándose de formas muy diversas sin que nada se interponga en su camino. El valle de Furnas refulge con sus tonalidades verdes y su majestuosidad, dominada por el olor a huevos podridos que deprenden los riachuelos grisáceos de barro caliente y sulfuroso. A una distancia prudencial, sobre el suelo caliente se disponen los calderos para preparar la cozida, un guiso tradicional de las islas elaborado con chorizo, repollo y boniato que requiere seis horas de cocción. Ferreira es una poza natural donde convergen varios riachuelos de agua caliente, un balneario completamente natural donde darse un baño incluso a la luz de la luna, y Fogo es un lago de color azul zafiro que se erige dentro de la chimenea de un volcán extinto.

 

En Sete Cidades, también en São Miguel y en un entorno similar a Fogo, el anfitrión de Airbnb André ha construido, a orillas de un lago y dentro de un cráter inactivo, unos alojamientos tan asimétricos como la naturaleza misma. Cuando vio su insólito diseño por primera vez, André pensó que se trataba de un error. Sin embargo, gracias a sus techos torcidos y al revestimiento de madera de su estructura, pasan casi desapercibidos entre la vegetación que los rodea. A los huéspedes les encanta la idea de estar alojándose dentro de un volcán. No piensan en violentas erupciones volcánicas; al contrario, el entorno les transmite «paz y belleza».

Además de alojar a huéspedes, André también cultiva la fruta por excelencia de las Azores: la piña. En sus invernaderos se lleva a cabo un laborioso proceso sin sustancias químicas que consiste en ahumar las plantas para potenciar un sabor y una dulzura (prácticamente) de otro mundo, muy distinto al de las piñas producidas en cadena que se compran en el supermercado.

 

Las Azores, fértiles y castigadas por las olas del océano y los fenómenos volcánicos que albergan en su interior, se están convirtiendo en un foco de creatividad e iniciativas de producción como la de André. Francisco ofrece una experiencia de retiro absoluto, ideal para aquellos que siempre han soñado con ser náufragos en una isla desierta pero también quieren hacer alguna escapada ocasional a la civilización para subir a Instagram sus fotos del paraíso. Si las Azores ya están de por sí alejadas del mundo, los estudios de Airbnb de Francisco no están siquiera conectados a la red eléctrica. Estos alojamientos, construidos por su familia hace dos décadas, se encuentran en el extremo de una península y utilizan la electricidad procedente de paneles solares y aerogeneradores, así como el agua fresca de los arroyos.

«La llegada al alojamiento puede llevar hasta dos horas», explica Francisco, que recoge a los huéspedes en Ribeira Quente, el pueblo más cercano, y los lleva con su equipaje en un todoterreno hasta el punto más cercano al que se puede acceder con un vehículo. No obstante, la caminata hasta la puerta del estudio se ve recompensada nada más atisbar la piscina natural excavada en la roca y bañada por las olas.

 

Aun así, «no es para todo el mundo», dice Francisco, seguramente lo que algunos nos estábamos temiendo.

Pese a todas estas maravillas naturales, estamos en el siglo XXI. ¿Acaso en las Azores no hay ciudades, como en todas partes? Lo cierto es que esa creatividad autóctona y cosmopolita, esa dicotomía entre lo propio y lo ajeno que Cristina describe como «la dualidad del isleño», afecta en la misma medida a las cafeterías, las discotecas y las callejuelas de la capital de las Azores, Ponta Delgada, y al resto de localidades del archipiélago.

«Aunque estamos en una zona periférica de las Azores, ¡queremos que la periferia también sea el centro!», afirma Jesse James, cofundador del festival de artes Walk & Talk que se celebra cada año en las islas y del que surgieron los gigantescos e impresionantes murales que decoran las paredes de muchos de los edificios de la capital.

Es fascinante ser testigo de cómo ese centro va tomando forma, como si se tratara de un Brooklyn, Shoreditch o Neukölln en ciernes. Dos de los padres fundadores son Mário Roberto y Vítor Marques, este último autor del término O Quarteidão (el «Barrio») para hacer referencia al entramado de tiendas, galerías y restaurantes que se encuentran a solo unas calles de la zona más turística en el puerto. Con sus sombreros de paja, pantalones anchos y, en el caso de Vítor, un cigarrillo permanentemente entre los labios, son una compañía de lo más estilosa en nuestro paseo por este fascinante barrio en expansión.

Empezamos el tour en la galería de fotografía de nuestros acompañantes, llamada Miolo, y nos dirigimos después a Rotas, el único restaurante vegetariano de las Azores. Pasamos por la tienda de productos de cuero Pele e Osso, donde venden sandalias de estilo rústico inspiradas en las aventuras del dueño del establecimiento, originario de las islas. También nos dejamos caer por la tienda de ropa de Sara França, del mismo nombre, con sus alegres vestidos con estampado de hortensias, sin olvidar una visita a Marota, donde venden postales antiguas de mujeres con el tradicional capote, un velo que durante muchos años se utilizó en estas islas de arraigada confesión católica.

El Louvre Michaelense, cuyo nombre se debe a la fascinación de su dueño por París, es otro establecimiento pionero de la zona y, para muchos de los espíritus creativos del barrio con los que hablamos, el lugar ideal para sentarse a tomar un delicioso galão, el café con leche local. En este local, renovado como una tienda anticuada con paredes de madera y vitrinas que llegan hasta el techo, se vende una amplia variedad de productos típicos de las islas: bordados, infusiones de naranja y fruta de la pasión, latas de atún de producción local y joyas elaboradas con cucharas o vinilos viejos.

Aunque Mário y Vítor están contribuyendo al resurgir de un vecindario en decadencia, Mário dice que no pierden de vista sus objetivos: «No queremos que esto se convierta en un fenómeno de masas. Queremos que siga funcionando despacio y bien. No queremos caer en la gentrificación». Su intención, de hecho, es que el comercio tradicional, como las tiendas de ropa de caballero de antaño o de utensilios de plástico, conviva en armonía con los proyectos más modernos.

Este espíritu inclusivo no se limita a esta zona, sino que llega también a Pico, donde se encuentra una de las obras arquitectónicas más destacadas de las islas en los últimos años: el Cella Bar. Este bar y restaurante, instalado en un gris y austero almacén de vino junto al puerto, cuenta con una sinuosa construcción de madera anexa inspirada en los toneles de vino que los habitantes de las islas hacían llegar flotando a los navíos que esperaban alejados de la costa.

«¡Nos pasamos seis meses pensando en los tornillos!», nos cuenta el copropietario Filipe Paulo, haciendo referencia a la demora habitual en la isla a la hora de conseguir materiales de construcción. Sin embargo, la espera mereció la pena, pues posteriormente el edificio recibió el prestigioso premio internacional ArchDaily, entre otros. A la vista de su éxito, nos preguntamos si este fascinante establecimiento prefiere centrarse en el turismo y dejar al margen a los lugareños que durante tantos años habían disfrutado de las islas sin él.

«En absoluto» dice Filipe, «es cierto que en verano vienen sobre todo turistas, pero durante el invierno la gente local viene mucho por aquí».

Además, aunque a los viajeros les encante la arquitectura, ¡también tienen que comer! Las lapas cocidas con mantequilla y ajo, típicas del Cella Bar, le aportan un sabor sutil a este modesto molusco, y el pulpo fresco a la parrilla está tan tierno que podría ser pecado. Por no hablar de los vinos de Pico, con su inconfundible sabor a mar, que te dejan un sabor en la boca tan fresco como las olas que bañan las orillas de la isla.

Joana, anfitriona de Airbnb junto con su marido Jaime, nos habla de los valores de sostenibilidad y consumo responsable que defienden en su alojamiento, Quinta do Bom Despacho. A los más ecologistas les encantará comprobar que reciclan hasta los excrementos gracias a los retretes de compostaje al fondo del jardín, aunque la idea que subyace coincide con el espíritu creativo, sostenible y de consumo local que predomina tanto en el entorno rural como urbano de las Azores.

En las afueras de Ponta Delgada, una casa señorial del siglo XVII con un extenso terreno a su alrededor logra apaciguar el rugido de la autopista colindante gracias a un jardín endémico y una piscina natural en la que se van sumergiendo las ranas a medida que Joana se acerca, haciendo las delicias de cualquier espectador. Joana, originaria de las islas, dejó atrás su trabajo, con el que viajaba por el mundo como consultora de desarrollo sostenible para organizaciones sin ánimo de lucro como Conservation International, para volver a su tierra y «salvar el mundo aquí».

Los huéspedes pueden disfrutar de las reliquias de su antiquísimo linaje azoriano: un árbol genealógico esculpido a modo de candelabro, con adustos retratos de sus antepasados que ahora le dan a la propiedad un aire de lo más vintage. Sin embargo, es precisamente la conciencia social lo que atrae a la gente a este lugar: una política de consumo ético muy rigurosa, un jardín sensorial con hierba luisa y plantas de curry para los lugareños invidentes o en silla de ruedas, o muebles elaborados por desempleados de larga duración (aunque también ayudan las lujosas habitaciones que nos muestra Joana, una de ellas con una cama centenaria con dosel).

Joana encarna esta nueva mentalidad que poco a poco va contagiando a la población de las islas. Ha viajado y ha visto mundo, y ahora «estoy encantada de que sea el mundo quien venga a mí».


Simon Busch fue columnista en el Financial Times Weekend y actualmente escribe sobre viajes en Buzzfeed, The Independent y CNN.com y colabora en BBC World Service. Es anfitrión de Airbnb en Londres.