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En tu actividad como anfitrión, abres regularmente las puertas de tu espacio y tu ciudad a los huéspedes que se alojan contigo para que disfruten de su destino como un habitante más. Sin embargo, algunas veces, hasta los propios residentes del lugar pueden necesitar un poco de ayuda para empaparse del encanto y el sabor de experiencias que hasta entonces desconocían en su propia ciudad.

En 2016, creamos las experiencias de Airbnb, que brindan a viajeros y residentes locales la oportunidad de disfrutar de actividades que les apasionan o de probar algo diferente. Con la idea de empezar el año explorando algo nuevo, pedimos a algunos de nuestros redactores que participaran en una experiencia en San Francisco para descubrir su territorio con una mirada distinta teniendo en mente a los anfitriones.

La llamada de la naturaleza

Cuando echo la vista atrás, recuerdo que en mi juventud me encantaba explorar la naturaleza. Ya podía estar de excursión en lo más profundo de Baja California buscando un rincón perfecto para hacer surf o de acampada en el desierto de Anza Borrego; estando al aire libre en medio de un entorno natural, me sentía más feliz que en ningún otro lugar.

Entonces me hice mayor. El trabajo y las obligaciones de la vida cotidiana empezaron a acumularse y, antes de que pudiera darme cuenta, mis expediciones eran cada vez menos frecuentes. Aunque nunca me he tomado demasiado en serio lo de plantearme propósitos de año nuevo, cuando pensé en los cambios que quería hacer en 2018, puse en primer lugar desempolvar mi amor por la naturaleza.

Para cuando quise darme cuenta, ya estaba de camino a Lads End, en el Outer Richmond District de San Francisco, donde iba a participar en una excursión guiada. Normalmente, la zona occidental de la ciudad está envuelta en una cortina de niebla y tiene una temperatura que ronda los 10º C, pero, cuando me bajé del autobús para ir al encuentro del guía, me di cuenta de que era mi día de suerte. Hacía casi 20º C y había un cielo azul impecable. ¡Y en pleno enero! Me pareció que el día estaba saliendo redondo y tuve la sensación de que aquella era la señal de que aún quedaban cosas buenas por llegar.

Greg, mi guía turístico, había vivido durante mucho tiempo en la zona. Después de charlar un rato y conocernos un poco mejor, nos pusimos en marcha.

A poco de comenzar la ruta, me di cuenta de que Greg poseía un conocimiento enciclopédico sobre San Francisco que abarcaba siglos y siglos de historia. Podía hablar de temas tan variados como la historia marítima de la bahía en el siglo XIX, las tribus indígenas de los ohlone o los aspectos que hoy en día afectan a la configuración del paisaje.

Llevo ya 10 años viviendo en San Francisco y me gusta pensar que sé bastante sobre la historia de la ciudad. Después de conocer a Greg, me di cuenta de que me quedaba mucho por aprender. Desde el principio, demostró que era una fuente extraordinaria de conocimiento. Durante el camino, me indicó algunos puntos donde se habían producido naufragios y me habló de la historia de antiguos lugares turísticos de San Francisco actualmente abandonados, como las piscinas de Sutro Baths, el parque de atracciones Playland at the Beach y la Cliff House, con sus sucesivas renovaciones. Fue un curso intensivo de historia que solo podía ofrecer un lugareño de tomo y lomo.

La excursión en sí misma fue espectacular. Pasamos horas paseando entre los árboles (gracias a Greg, ahora sé que son cipreses) y visitamos varias playas bastante apartadas. Mile Rock Beach fue la que más me gustó. Es poco conocida, uno de esos lugares con un encanto especial de los que podrías pasar de largo si no estuvieras buscándolo específicamente.

Cuando llegamos a la altura del desvío para caminar hasta Mile Rock Beach, noté en el cuerpo que ya había hecho un esfuerzo considerable. ¿Quién iba a decirme a mí, un redactor que se pasa el día (a veces entero) encerrado tecleando en un ordenador, que iba a costarme caminar durante 10 kilómetros después de madrugar? Estábamos acabando la ruta y ya solo nos quedaban veinte minutos de marcha para regresar al centro de visitantes de Lands End y dar por terminada la jornada.

Greg me preguntó cómo iba y me dijo que quería enseñarme un sitio genial, uno de los lugares que más le gustaban de la zona. Mi primera reacción fue decirle que no, limpiarme el sudor de la frente y seguir caminando lentamente. De repente, miré a mi alrededor, me di cuenta de lo hermoso y cálido que era aquel día de invierno y supe que, aunque el camino escarpado para bajar a Mile Rock imponía un poco, era algo que tenía que hacer.

Al llegar junto al mar, me encontré con un enclave ideal. Había olas enormes, poco habituales en esa época del año, rompiendo en la playa, un sol espléndido caía sobre nosotros e hicimos un picnic prácticamente a la sombra del Golden Gate. Fue un momento lleno de serenidad. Éramos dos personas disfrutando de la naturaleza y explorándola a las 11:00 de la mañana y estábamos en un entorno incomparable. Fue una experiencia que no olvidaré fácilmente.

Propuestas para los anfitriones:

     Conoce la historia del lugar donde vives: aunque la excursión fue bonita, la forma en que Greg ilustraba con pinceladas de historia cada etapa del camino hizo que la experiencia ganara aún más. Es un consejo que también pueden adoptar los anfitriones de alojamientos. Acercar un poco a los huéspedes a la historia del barrio o la ciudad donde se encuentran puede contribuir a que su estancia sea aún más especial.

     Muestra que te apasiona lo que haces: desde el primer momento, me pareció que a Greg le encantaba organizar este tipo de excursiones. Busca maneras de expresar ese amor por lo que haces; por ejemplo, puedes dejar una nota de bienvenida a tus huéspedes.

     Da una buena acogida a los viajeros: mientras caminábamos, Greg se preocupó por preguntarme qué cosas me interesaban y, charlando, nos dimos cuenta de que teníamos algunos conocidos en común. Si hablas con los huéspedes, pregúntales qué tipo de comida o lugares les gustan o cuáles son sus aficiones. Seguro que descubres que tenéis algo en común.

Un panorama artístico de altura

Soy californiana, por lo que he tenido la suerte de disfrutar bastante de la belleza natural y las delicias culinarias de este estado. Por eso, me propuse intentar descubrir algo nuevo de mi entorno cada día. Buscando experiencias de Airbnb por mi zona, di con algo que me pareció emocionante probar (y probablemente también terrorífico): una clase de acrobacias aéreas. Se trata de una mezcla de circo, danza y gimnasia en la que se utilizan aros suspendidos a cierta altura y telas acrobáticas, que son largas bandas de tela que cuelgan del techo hasta el suelo. Estaba a solo dos manzanas de mi trabajo, me pillaba de camino a casa y la clase prometía «suspenderte del cielo», así que respiré hondo y la reservé.

Esperaba encontrarme con una clase de dos horas que me obligara a salir de mi zona de confort, me hiciera reír un poco y me permitiera sacar una foto para tener una prueba gráfica con la que impresionar a mi hija adolescente. No podía imaginarme que iba a descubrir a una comunidad de auténticos atletas y gente corriente a la que le encanta el desafío físico y la expresión artística que representa esta disciplina. Y lo que es más: la experiencia que viví con la anfitriona, Amy Bond, me animó y me dio la confianza necesaria para arriesgar más en mi vida cotidiana de lo que podría haberme imaginado.

Amy es la dueña de SF Pole and Dance, es bailarina profesional de pole dance, emprendedora, abogada en San Francisco y anfitriona de experiencias de Airbnb. El día que fui a su estudio, que está ubicado en un espacioso loft, había bastante movimiento: media docena de bailarines se estaban preparando para los campeonatos Golden Gate Pole Championships y otro par de mujeres asistían a una clase privada de telas con un monitor profesional. Tras un calentamiento cardiovascular y una breve introducción sobre cómo sujetarse correctamente con las manos y los pies, Amy me mostró cómo hacer una serie de posiciones y figuras suspendidas (resultan más difíciles de ejecutar con elegancia de lo que parece). En sus clases, Amy hace que los alumnos se sientan a gusto, les motiva y adopta un enfoque inclusivo. Amy se adapta a los distintos ritmos y niveles de forma física de cada persona, aunque también te anima a superarte. En las clases, se respira su entrega a la hora de ayudar a todos y cada uno de los viajeros y atletas a sentirse seguros de sí mismos y en forma. La actividad culmina con una increíble actuación improvisada que te deja con ganas de más.

Soy de la zona, pero esta experiencia no se parece a nada de lo que había probado antes. Me alegra haber conocido a un grupo de personas a las que les encanta la ciudad y su panorama artístico y que practican esta disciplina a tan solo unas manzanas del lugar donde escribo para los anfitriones de Airbnb todos los días. Cuando vuelvo a casa al terminar la jornada, siempre sonrío al pasar junto al estudio de Amy. Ahora me siento más cerca de mi comunidad y dispongo de más herramientas para recomendar una experiencia increíble a visitantes y residentes locales.

Propuestas para los anfitriones:

     Conoce mejor a los huéspedes y recomiéndales experiencias que no aparecen en las guías: ¿vas a alojar a una madre y una hija con ganas de aventura? ¿O a unas chicas que van a organizar una despedida de soltera? ¿O quizás a un grupo de amigos que buscan hacer algo atrevido para celebrar su jubilación? La clase de acrobacias aéreas es una experiencia muy divertida y llena de energía. Estoy segura de que, si les hablas de ella, los huéspedes te lo agradecerán. Descubre cómo son las personas que van a alojarse contigo y qué les puede interesar.

     Una experiencia inolvidable puede encontrarse a la vuelta de la esquina: ponte a investigar qué se mueve por tu zona. Quién sabe, puede que descubras que hay una lectura de poesía o una clase de salsa al lado de tu casa, o incluso un taller para aprender el arte de preparar cafés con un barista o un grupo de ciclistas con los que los huéspedes pueden irse los sábados de excursión.

     Anímate a compartir algo más que tu espacio: puede que, como Amy, tengas conocimientos sobre algo que puede encantarle a los huéspedes. ¿Crees que podrías dedicar un par de horas (o incluso un par de días) a compartirlo con ellos?

La felicidad cabe en un bol de ramen

En el Área de la Bahía de San Francisco, el ramen es todo un acontecimiento. Hay decenas de locales en los que se forman colas de clientes que esperan con impaciencia poder sorber uno de estos deliciosos platos (porque, efectivamente, la técnica consiste en sorber). Es tan popular que se organizan festivales de ramen multitudinarios en los que hace falta que haya agentes de policía para organizar la llegada de los asistentes.

Mi amor por este manjar surgió cuando estaba en la universidad. Fue entonces cuando descubrí en un establecimiento cercano al campus lo que era de verdad un auténtico ramen. Aquello era otro mundo. No tenía nada que ver con el paquete de fideos instantáneos de mi infancia. Así que, naturalmente, mis papilas gustativas dispararon todas las alarmas cuando di con esta experiencia organizada por una chef japonesa para aprender a preparar ramen. Tenía que probarlo.

Una brumosa mañana de domingo, me presenté junto a otros once aprendices de chef en la sobria sala de degustación de una cocina comercial situada en una zona industrial de San Francisco. Tras presentarse y charlar un poco con nosotros, Mari, la que sería nuestra chef por un día, nos acompañó a la cocina, donde aprendimos a batir a mano, amasar, pasar el rodillo y cortar fideos.

Mientras dejábamos reposar los fideos, Mari nos hizo un repaso detallado de la historia del ramen y pudimos degustar las distintas variedades de este plato. La presentación de Mari fue a la vez divertida e informativa y nos permitió aprender sobre diferentes tipos de caldos, fideos y aderezos y conocer algunos datos curiosos sobre la historia del ramen (por ejemplo, nos enteramos de que los fideos vienen de China, pero también de que cada ciudad japonesa inventó una forma propia de servirlos).

Cuando llegó el momento de mezclar todos los ingredientes en los boles de ramen y cocer los fideos, comprobamos que la tarea no era nada sencilla. Los fideos solo tardan 50 segundos en cocerse, lo que significa que solo dispones de ese tiempo para hacer varios procesos: primero tienes que servir con un cucharón el caldo en el bol, luego añades los condimentos (como el miso, la pasta de sésamo y el chile en polvo), después sacas la col china del agua hirviendo, escurres los fideos cocidos y los sumerges con delicadeza en el bol. Todo ello sin derramar una sola gota.

Al final, salimos ilesos de esta fase crucial y nos sentamos a comer los deliciosos boles de ramen preparados a nuestro gusto con los fideos que habíamos elaborado artesanalmente solo una hora antes. La comida estaba deliciosa, pero quizá lo que más disfruté de ella fue conocer a gente que venía de distintas partes del mundo. Había un grupo de Suecia, una pareja de Francia y gente de San Francisco de orígenes muy distintos. Todos juntos sorbimos satisfechos el fruto de nuestro trabajo.

Propuestas para los anfitriones:

     Experimenta de una forma distinta algo que te apasione desde siempre: hasta que fui a la clase de Mari, nunca antes me había planteado que podía preparar mi propio ramen. Ahora quiero organizar una fiesta para compartir con mis amigos lo que he aprendido. Las experiencias pueden ayudarte a profundizar en aficiones o cosas que te interesen y proporcionarte conocimientos que puedes compartir con los demás, incluidos tus huéspedes.

     Conoce en profundidad la cultura local: antes de ir a la clase de Mari, ya había probado un montón de platos de ramen, pero seguir todo el proceso de elaboración de los fideos y escucharla hablar de la historia de este alimento me hizo empezar a apreciarlo aún más. Participar en una experiencia práctica relacionada con un aspecto cultural del lugar donde vives puede ayudarte a tener una visión más amplia y profunda de ello que luego puedes compartir con tus huéspedes.

Explora, prueba o saborea algo totalmente nuevo para ti en tu ciudad. Te ayudará a ser un mejor anfitrión y puede que incluso te permita descubrir una nueva afición. Y si se te ocurre alguna idea para una experiencia que te gustaría ofrecer a los huéspedes, no dudes en proponérsela a nuestro equipo de experiencias. No tienes nada que perder, ¡así que no lo dejes pasar!