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El hielo y la nieve empiezan a fundirse. Los árboles y arbustos comienzan a germinar y, muy pronto, las flores brotan en todo su esplendor. Si tenéis buena mano para las plantas, seguro que sabéis perfectamente de qué estamos hablando: la primavera se acerca para dar paso a un nuevo paisaje.

Aprovechando que esta impresionante estación está a la vuelta de la esquina en medio mundo, hemos querido dedicar unas líneas a las maravillas que trae consigo. Tras descubrir algunos rincones únicos, obra de nuestros anfitriones de Massachusetts, Brasil, Washington, Australia, California y Seúl, hemos podido comprobar que la jardinería no es solo una forma de darle un toque diferente a una propiedad, sino un acto casi terapéutico, ritual y reconfortante para muchísimas personas.

Cosecha propia

«Creo que, sin mi jardín, mi alojamiento de Airbnb estaría incompleto», nos explica Jana, que acoge a los viajeros en su casa colonial, principalmente durante el verano y los días próximos a Halloween (Salem, por supuesto, es famosa por sus brujas). «Me encanta recibir a los huéspedes con un pequeño recorrido por mi jardín, explicándoles lo que cultivo con tanto cariño. Quiero que la belleza de la vegetación y las flores haga que se sientan bienvenidos».

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A finales de marzo, su jardín de estilo rural e informal es poco más que barro. La magia se encuentra en su sótano, donde produce 14 variedades de tomates y 8 tipos de calabaza, además de cultivar zinnias y dalias para su jardín de flores de corte. Sus productos son totalmente orgánicos: todo comienza con 400 semillas cultivadas bajo las luces hortícolas. Pero, ¿qué es lo que motiva realmente a Jana? Según ella, la satisfacción de «guiar a la naturaleza», el sentimiento de recompensa tras un día duro cavando y arrastrando piedras y, por supuesto, «¡las cantidades ingentes de deliciosos tomates!».

Vida exótica

El pequeño jardín tropical de Wernher es un regalo para la vista y el paladar. «Estamos en plena temporada de mangos, mangabeiras, pitangueiras y plátanos», nos cuenta este dedicado anfitrión brasileño, que lleva 20 años transformando su terreno en un refugio lejos del bullicio de la ciudad. Su patio elevado es el lugar perfecto para reunirse a disfrutar de una buena barbacoa, a la sombra de un amplio techo de paja y rodeado por cocoteros, agaves y otra flora típica de la zona.

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Un río atraviesa la propiedad: sus orillas están llenas de texturas, colores y formas que solo es posible encontrar en el trópico. Sobre él, un puente de estilo japonés aporta un toque de encanto adicional al paisaje. El jardín está compuesto principalmente de plantas autóctonas: no encontraréis especies foráneas por aquí, a excepción de los huéspedes que se aventuran hasta este acogedor espacio para aislarse del mundo y relajarse, claro. «Si tuviera que resumirlo de alguna forma, diría simplemente que es un jardín de inspiración tropical», explica Wernher.

Rutas ocultas

«Aquí las primaveras se toman su tiempo. Siguen su curso a un ritmo lento, pero constante», explica Kurt hablando sobre los jardines y terrenos que rodean su propiedad de más de 4 hectáreas, situada al oeste del estado de Washington. Tanto él como su esposa, Lisa, son biólogos: no es de extrañar que les encante compartir su espacio con amantes de la naturaleza de todo el mundo. Durante esta época, los patos migran de vuelta y los sapos llenan el silencio con su croar. El oemleria, las grosellas y bayas silvestres, el azafrán, los narcisos y el trillium florecen uno tras otro. Los arces de hoja grande, por su parte, aportan una pincelada exótica. Según Kurt, los huéspedes que visitan este espacio buscan «establecer un vínculo con la naturaleza o un lugar tranquilo en el que descansar. Nuestros jardines y nuestras tierras son justo lo que necesitan».

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Cuando compraron el terreno en 1989, se utilizaba como pasto para los caballos. Durante los últimos 25 años, se han encargado de aplicar una serie de prácticas sostenibles de gestión de la tierra que les han llevado a conseguir lo que tienen hoy: un paisaje bucólico a medio camino entre «lo doméstico y lo agreste».

«Construimos pequeñas rutas y senderos que permiten acceder a diversos pantanos, prados y bosques», nos cuenta Kurt. «La zona de cultivo dispone de un huerto con más de 50 árboles frutales y frutas del bosque. En la huerta orgánica plantamos verduras y hierbas aromáticas: productos de temporada de los que disfrutamos en compañía de nuestros huéspedes».

Colores costeros

La primavera llega en septiembre a la casa de Miranda, situada al pie de la costa australiana, y trae consigo «un festival de colores»: el rosa, el amarillo y el naranja de las gazanias se mezcla con los carpobrotus, las suculentas, las margaritas del mar, las margaritas africanas y los narcisos. «Me encanta poder vivir en un lugar como este, que ofrece unas vistas privilegiadas sin nada que se interponga entre tú y el mar», explica Miranda, que describe su jardín como «algo a medio camino entre hogareño y salvaje». Más allá del tapiz de coloridas flores se encuentran las vistas de la escarpada costa, del monte Wellington y de la ciudad de Hobart.

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«Todo el mundo dice lo mismo cuando llega: que es impresionante. Me encanta poder compartir un espacio al aire libre tan especial con mis huéspedes y comprobar lo relajados que se sienten durante su estancia», comenta Miranda.

Ambiente rural

Bill y Nancy describen su granja victoriana restaurada, construida en 1896, como «un oasis en medio de la zona más árida de la región de Sierra Foothills» y «una verdadera obra de amor». Sus tierras habían sido cultivadas intermitentemente desde la época de la Fiebre del Oro, pero, durante 30 años, la zona recuperó su estado natural y se convirtió en una extensa pradera. «Trabajamos durante días bajo un justiciero sol de verano picando piedra para poder construir nuestro jardín», nos explica Bill sobre esta granja de permacultura que comparte con su pareja. «La mayor parte de lo que plantamos tiene un fin concreto en nuestro ecosistema. Nos alimentamos de los cultivos, algunas plantas ayudan a mantener la tierra y otras sirven como refugio o sustento para insectos de todo tipo que aportan beneficios al terreno».

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Los visitantes, procedentes de países de todo el mundo, llegan aquí atraídos por la proximidad de la granja al Parque Nacional de Yosemite, pero encuentran mucho más que eso: sus anfitriones les dan la bienvenida con un verdadero festín de productos frescos cultivados en el terreno, como coles, patatas, zanahorias o melones. ¡Eso siempre y cuando no se les adelante algún animal hambriento! Aunque puede que sus días de glotonería estén contados: a partir de un viejo microprocesador, una luz estroboscópica, unos altavoces de alta frecuencia y unos detectores de infrarrojos, Bill ha creado un ingenioso sistema para ahuyentar a mofetas y ciervos.

Un país de las maravillas en Gangnam

Kelly ha decidido ponerle un nombre muy curioso a su alojamiento: «Wonderland». ¿Os suena? Sí, es lo que estáis pensando: hace honor a «Alicia en el País de las Maravillas». Además de en este clásico de la literatura universal, sus muros están inspirados en la obra de Van Gogh. Con la ayuda de algunos artistas de la zona, Kelly decidió decorar su jardín de esta forma tan original para convertirlo en un espacio más agradable y acogedor. «El apartamento está situado en el centro de Gangnam, una zona totalmente urbana, así que es bastante raro poder disfrutar de un patio como el mío en esta parte de la ciudad», nos cuenta. «Monto muchas barbacoas e invito a mis huéspedes a que se unan a mis amigos y a mí. Creo que es una buena forma de que conozcan a gente de por aquí».

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Aunque el jardín no es muy grande, ofrece todo un mundo de posibilidades… ¡Gangnam-style! El sofá balancín, la mesa de picnic, la pequeña mesa de bar y los bancos comparten el espacio con una viña, un ginkgo, un castaño, un caqui y una azofaifa, que florecen en primavera. «Producimos bastante fruta y la compartimos con los vecinos y huéspedes», explica. «Está todo buenísimo, ¡aunque mis favoritos son los caquis!».

[Foto de cabecera: Mountain Top Vineyard Getaway (Vacaville, California)]

 

 

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