Not Yet Trending es un reportaje de investigación elaborado por Airbnb. Analizamos los datos de viajes de nuestros huéspedes para encontrar destinos emergentes antes de que se vuelvan populares. Y para descubrir las historias que se esconden detrás de los números, recurrimos directamente a su origen: nuestros anfitriones.

Nuestro último descubrimiento es la ciudad japonesa de Kanazawa. A solo unas horas de Tokio y Kioto, esta hermosa localidad empieza por fin a atraer la atención que merece. Su belleza no es ninguna casualidad, ya que sus habitantes llevan casi 500 años consagrados al arte y el diseño. Aun así, los artistas, artesanos y chefs de esta preciosa localidad nipona no tienen tiempo para regodearse en la nostalgia, pues siempre tienen algo entre manos para seguir reinventando sus tradiciones.


La llovizna persistió hasta el amanecer, ensombreciendo las paredes de madera del exiguo callejón y generando un contraste extraordinario con el verde intenso del jardín. Estoy en una de las casas típicas de madera que adornan la ciudad. Al contrario que la mayoría de las ciudades japonesas, Kanazawa lleva desde finales del siglo XVI esquivando las guerras y las catástrofes naturales, conservando así vestigios de otras épocas en óptimo estado.

Sin embargo, esta creativa ciudad no vive solo de su pasado. El anfitrión que me aloja, Shungo, un profesor retirado originario de Kanazawa y aficionado al yudo, es un buen ejemplo. Tras unos años en Tokio, volvió a su ciudad natal para compartirla con los visitantes. Ahora, Shungo es uno de los impulsores del cambio en la ciudad, siempre buscando formas de preservar las tradiciones locales. Hace poco, en colaboración con un artista local, elaboró una puerta corredera para su alojamiento utilizando las técnicas propias del Kaga Yuzen, un fascinante y conocido estilo de confección de kimonos originario de la zona. Estuvieron varios meses trabajando en esta iniciativa sin precedentes, abriendo paso a nuevas posibilidades artísticas para este arte tradicional. No cabe duda, a la vista de proyectos como este, de que la elegancia y la sofisticación de Kanazawa esconden un imperecedero espíritu innovador.

Eso no quita, por supuesto, que la ciudad cuente también con un espectacular patrimonio. Shungo me cuenta que el mejor momento para visitar el castillo de Kanazawa del siglo XVI y sus exuberantes terrenos, los jardines de Kenrokuen, es a primera hora de la mañana. Así que madrugo y dejo el cobijo calentito del futón para zambullirme en el aire fresco de la mañana. Doy un paseo hasta el otro lado del río, hacia el centro del casco viejo, y enseguida me encuentro a los pies del castillo. No soy el único que pasea a estas horas, ya que el castillo recientemente reconstruido y sus enormes jardines son un destino habitual de los paseantes mañaneros.

Si llegas tan temprano, es posible que te encuentres a un grupo de señoras mayores estirando y saltando junto al foso al ritmo de una animada melodía al piano que suena en la radio. Puedes unirte a ellas y estirar un poco, te recibirán con una enorme sonrisa.

Desde aquí, puedes caminar o ir en bici a prácticamente cualquier lugar de la ciudad. Frente a los majestuosos muros del castillo, se erigen varios edificios modernos y de diseño rectilíneo, entre los que se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo del Siglo XXI de Kanazawa. Aunque el contraste es evidente, tanto las edificaciones antiguas como las de vanguardia comparten una elegancia distintiva de la ciudad. Lo cierto es que cada recoveco esconde algún detalle, desde el diseño cuidado de los bancos hasta el perfecto equilibrio de la vegetación. Además, la abundancia de pinos que adornan la ciudad hace de cualquier paseo un verdadero deleite para la vista.

Es comprensible que los habitantes de la ciudad estén orgullosos, aunque a veces estén tan habituados que no puedan apreciar realmente la belleza de la ciudad. «Me di cuenta de lo hermosa que es Kanazawa cuando viví en el extranjero», nos cuenta Chisato, otra anfitriona local. «Me gustan el paisaje y los cinco colores de Kanazawa», dice refiriéndose a la paleta de colores representativa de los kimonos Kaga Yuzen y la porcelana de Kutani, dos de los emblemas de la ciudad. Además, Chisato ostenta el título original de Miss Kaga Yuzen, de modo que ha promocionado estos glamurosos kimonos por todo el país.

En este entorno, cabe plantearse de dónde viene este fervor cultural. Pregunta a quien quieras en la ciudad, todos te remitirán a la familia Maeda que gobernó en la zona desde finales del siglo XVI hasta el fin del periodo Edo en 1868. En parte como muestra de lealtad al gobierno central, invirtieron en arte en lugar de recursos militares e invitaron a los mejores artesanos y figuras culturales del país para que enseñaran a los artesanos y residentes locales.

Los propios habitantes de la ciudad redescubren constantemente la belleza del legado de los Maeda en todas sus formas, ya sea como vajilla artesanal o en las propias construcciones. «Cuando mi madre se fue a vivir a otro lugar», nos cuenta Yu, otra anfitriona local, «la casa estuvo deshabitada durante años. Luego, mi hijo me pidió que celebráramos su boda aquí, así que la limpiamos y nos dimos cuenta de lo hermosa que es en realidad».

Todos los años, cuando se acerca el invierno, los pinos de esta propiedad ribereña se engalanan con grandes conos de cuerda llamados yukuzuri, muy parecidos a los que se encuentran en los jardines de Kenrokuen, para protegerlos de las grandes nevadas. Yu nos enseña llena de orgullo las fotos de los recién casados, ataviados con sus kimonos. Nos cuenta que después de la ceremonia decidió abrir la hermosa casa familiar para alojar huéspedes.

Si te alojas en casa de Yu, no te puedes ir sin aprender lo básico del mizuhiki, una técnica artística tradicional que consiste en elaborar formas con hilos de seda. Yu te enseñará a doblar el haz de hilos y a entretejerlos poco a poco hasta formar una bonita forma geométrica. Tradicionalmente, los mizuhiki eran grandes adornos que se intercambiaban como regalos de boda entre los novios. Haciendo honor a la tradición, Yu también elaboró los mizuhiki correspondientes para la boda de su hijo. Ahora, además, hace bonitos juegos de pendientes o colgantes. Sin duda, hay algo mágico en este proceso, en el que unos hilos sueltos pueden transformarse en infinidad de formas.

Si temes que los aires refinados de Kanazawa hagan que la ciudad sea poco acogedora o inaccesible, basta con conocer a una o dos personas locales para darte cuenta de que no es así. En el pasado, Kanazawa estaba bastante cerrada a las visitas, pero esa actitud ha cambiado drásticamente. Por ejemplo, los vecinos del barrio de Shungo, sobre todo gente mayor, ahora dan la bienvenida a visitantes de todo el mundo.

Además, no tienes por qué ser un mero espectador de las costumbres locales, ya que la comunidad local te invitará a participar en ellas como uno más. Los huéspedes que se alojan en casa de Chisato suelen comenzar el día leyendo sutras en el templo cercano. «Kanazawa es especial, no solo por su cultura y sus tradiciones», afirma, «sino porque uno puede participar en ellas fácilmente».

Aunque es el destino ideal para una escapadita, Shungo cree que «para disfrutar realmente de Kanazawa, hay que vivir aquí como si fueras un habitante más durante una semana. Kanazawa es una localidad pequeña y la comunidad está muy unida. Todos nos conocemos».

Una de las formas más agradables (y deliciosas) de integrarse en la comunidad es asistir a una de las cenas en casa de Shungo. El menú de anoche consistía en piezas de sushi y una cata de sake. Hoy toca un guiso japonés, que rezuma un aroma delicioso a caldo recién hecho desde la cocina. Si decides curiosear entre los fogones, puede que Shungo te deleite con una pieza de sashimi de marisco o de pescado local, tan sabroso y fresco que su textura es casi crujiente.

Como muchos residentes de Kanazawa, Shungo compra el pescado y la verdura en el mercado de Omicho, un complejo de galerías laberínticas repletas de las delicias del mar y la montaña, ambos a tan solo media hora en coche. Si tu alojamiento dispone de cocina, no te limites a admirar las bandejas de marisco reluciente y el abanico de colores de las hortalizas y verduras, puedes comprar algunas y cocinarlas como un verdadero japonés.

Para los que prefieren comer fuera, la ciudad dispone de una amplia oferta de restaurantes fantásticos en los barrios de Katamachi, Korinbo y Higashiyama Chayagai, muchos de ellos camuflados por sus humildes fachadas. En los últimos años también han surgido algunos restaurantes destinados al turismo, con un precio más elevado, así que lo mejor es pedir alguna recomendación a tu anfitrión. Si conoce a algún chef local (lo cual es probable, en una comunidad tan unida como esta), quizás puedan ofrecerte un servicio especial o al menos una acogida calurosa.

Shungo, por ejemplo, nos recomendó que fuéramos a un restaurante junto al río Sai regentado por un chef que se trasladó aquí al quedar prendado de los productos locales. Hoy nos sirven el menú del día en un precioso plato de porcelana Kutani roja, amarilla, verde, azul y blanca, los cinco colores que mencionaba Chisato. Además, el sake viene en una práctica y delicada copa que un profesor de la Facultad de Arte de Kanazawa elaboró como experimento.

Sin embargo, en palabras de Fumi, un artista del metal del centro de formación Utatsuyama Kogei Kobo que se encuentra en los alrededores, «la vajilla no está completa hasta que hay algo servido en ella». Durante el festival Kogei, que se celebra en octubre y noviembre, los artesanos, chefs, maestros de la ceremonia del té e incluso los académicos y filósofos locales se unen para crear experiencias que combinan los placeres sensoriales, estéticos e intelectuales. Es un evento colaborativo ideal para Kanazawa, donde todo está conectado (un chef recomendado por un amigo te lleva a un plato precioso, que te lleva a un artesano local, que a su vez te lleva a un estudio de artesanía, todo ello remitiéndote, inevitablemente, a la familia Maeda una vez más).

Puede que la mayor riqueza del pasado de esta ciudad sea su perenne devoción por el futuro. Tanto en la Facultad de Arte de Kanazawa como en el centro Utatsuyama Kogei Kobo se forma a jóvenes artistas y artesanos. Estos sistemas formativos atraen a aspirantes a artistas de todo Japón y de otros países, muchos de los cuales deciden quedarse tras completar sus estudios, concibiendo así una ciudad con una historia firmemente arraigada en el presente y, al mismo tiempo, un hervidero de creatividad y vida. Al pasear por la ciudad, no es raro toparse con preciosas casas reformadas donde jóvenes imaginativos revisitan la tradición con un toque de modernidad.

Gracias, entre otras cosas, a los anfitriones que comparten con entusiasmo y cariño su ciudad natal, ahora el visitante también puede ser partícipe del cambio.

 

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Miho Ota es redactora freelance y escribe sobre viajes para Asahi Shinbun Digital y otros medios de comunicación.