A pesar del trágico terremoto que sacudió Puebla hace unos meses, la hospitalidad de los habitantes de México y de nuestros anfitriones de Airbnb se mantiene tan firme como siempre. Un 333 % más de huéspedes de Airbnb han visitado Puebla en el último año*, convirtiéndola en nuestro último destino «Not Yet Trending». Para descubrir esta hermosa ciudad, recurrimos a nuestros anfitriones.

A tan solo dos horas en coche desde Ciudad de México encontramos Puebla, una ciudad que por fin está deslumbrando al resto de la humanidad con sus tesoros mejor guardados. Durante siglos, ha sido un lugar de paso lleno de historia, pero las nuevas generaciones, ansiosas por compartir sus tradiciones, su gastronomía y su carácter amable, están dando a los viajeros más motivos que nunca para quedarse a descubrirla.

__________________________________________________________________________________

Los mexicanos estamos acostumbrados a que nos llamen barrocos. No tanto por nuestra arquitectura sino por nuestro espíritu: complejo, detallista, extravagante y pintoresco hasta la exageración. No hay más que imaginarse a esas chicas que celebran sus quinceañeras con brillantes vestidos de color fucsia y a sus acompañantes, verdaderos príncipes engominados. O a nuestras abuelitas, con sus tapetes hechos a mano cubriendo hasta el último mueble de casa. Llenamos cada vacío con detalles, colores, música y comida, creando una mezcla que lo envuelve todo. No es tarea fácil, pero, si tuviera que señalar dónde nace con más fuerza, sin duda sería en Puebla.

Puebla puede considerarse una ciudad barroca desde 1531 y, desde entonces, ha abrazado con fuerza su extravagancia. Casi resulta intimidante: cada edificio, convento y escuela e incluso el bar de la esquina o el puesto de la carnicería del mercado siguen una línea estética impresionante. No hay un solo rincón sin adornos en las más de 360 ​​iglesias de la ciudad. En Puebla, los colores deben estar en armonía y la tipografía cobra una importancia especial.

Su aplastante belleza no pasa desapercibida: cada vez más y más turistas llegan hasta aquí para sumergirse en ella. Cansados de esos pueblos pintados con colores vivos pensados para turistas y de los ruidosos locales de fiesta frente a la playa, estos aventureros prefieren ser parte de algo genuino, lleno de vida y a la vanguardia, como el centro de Puebla.

Los poblanos están muy orgullosos de su herencia histórica y cultural, así que no es de extrañar que el resurgir de esta ciudad les entusiasme. «Me encanta ser barroca», dice riendo Malú Arrelano. Malú y su marido, Luis Mora, viven en pleno centro. Tras reformar por completo su casa del siglo XIX cuando sus hijas se fueron a vivir por su cuenta, decidieron convertirse en anfitriones de Airbnb para aprovechar el espacio que les sobraba. Por fin han podido sacar todas las antigüedades que tenían relegadas al olvido (heredadas de sus abuelos y sus bisabuelos) tras décadas guardadas para convertir las habitaciones de los huéspedes en dormitorios propios de un pequeño hotel de lujo, pero hogareño, y enseñarles un pedacito de historia, tanto de la ciudad como de su familia..

Esta unión entre lo mejor del pasado y el presente —esa que forma una nueva cultura poblana, barroca pero moderna— es, en esencia, lo que atrae a los viajeros. Durante los últimos 50 años, muchas familias que llevaban décadas en Puebla abandonaron el centro de la ciudad para mudarse a zonas nuevas. Ahora, los hijos y nietos de esas generaciones están volviendo, abriendo negocios en edificios históricos, estudiando y redescubriendo sus raíces.

Puebla ha sido conocida durante muchísimos años en México por ser incondicionalmente tradicional: una sociedad cerrada a la que le costaba asumir ideas y personas nuevas. Sin embargo, los poblanos creen que eso está cambiando.

Alejandro García Lama, un trabajador de 26 años que se dedica a las finanzas, es uno de los muchos protagonistas de este cambio. Se mudó al centro de la ciudad, a la antigua casa de sus bisabuelos: la reformó y se animó a alquilar cinco habitaciones en Airbnb. El patio interior de la casa, en el que durante décadas se celebraron todas las comidas familiares, se ha convertido en un escenario multicultural. Reunidos alrededor de una hoguera, rodeados de cactus y plantas de aloe vera de la bisabuela de Lama, los huéspedes brindan con cervezas, meciéndose en las hamacas, cantando y tocando la guitarra.

Puede que, a primera vista, nos parezca un ejemplo claro de gentrificación, pero, a diferencia de lo que sucede en otras ciudades del resto del mundo, en las que los residentes de algunas zonas se están viendo obligados a dejar el centro, el resurgir de Puebla tiene mucho que ver con la intención de cuidar de sus propios habitantes por encima de todo.

Igual que Alejandro, José Adrián, de 36 años, quería participar en esta visión renovada de la ciudad y hacerla realidad. Junto a un grupo de amigos, alquiló una mansión abandonada en el céntrico Barrio de los Sapos, donde abrieron una pastelería (Mostovoi), un restaurante (Casa Nueve) y un espacio de coworking (Workósfera). Además, reformaron las habitaciones de las plantas superiores para abrirlas a los huéspedes de Airbnb. Ahora, entre sus famosos mercadillos de antigüedades, el Barrio de los Sapos disfruta de la presencia de vecinos jóvenes dispuestos a innovar y a compartir sus ideas con el resto de la comunidad.

«Queremos que nuestro trabajo sirva para volver a integrar las zonas más segregadas», dice uno de los amigos de José, Tomás Darío, cofundador del proyecto de arte Colectivo Tomate. En el espacio de trabajo que utilizan para dar vida al proyecto, los miembros de Colectivo Tomate han pintado un mural que cuenta la dura historia del río Atoyac, que lleva enterrado bajo la avenida del Cinco de Mayo muchísimos años. «El centro era la parte española; los indígenas solo podían cruzar hasta ella para trabajar. Es muy necesario que contemos todo esto para que la gente pueda descubrir sus raíces y conocer un poco mejor esos barrios indígenas tan llenos de historia».

Uno de esos barrios del lado indígena del río es Xanenetla, que se ha hecho famoso (en Instagram, principalmente) gracias al arte callejero de Colectivo Tomato y ahora es conocido como «Mural City». El proyecto atrajo a artistas tanto nacionales como internacionales que se animaron a pintar murales en edificios de todo el barrio: son imágenes que cuentan las historias de sus propios habitantes, diseñadas de la mano de las personas que viven en ellos. Gracias a esta iniciativa, Colectivo Tomate ha ayudado a acabar con la mala fama de Xanenetla, que se consideraba un barrio peligroso.

«No vemos los murales como una forma de sacar dinero a las personas que los visitan», dice Arturo Ramírez, un historiador residente en Xanenetla que desempeñó un papel clave en el proyecto y cuya familia lleva allí más de siete generaciones. «Queremos conectar con ellos poco a poco para intentar superar todos estos años de separación. Aunque nuestros antepasados ​​fabricaran los ladrillos con los que se construyó Puebla con sus propias manos, estuvimos segregados durante siglos».

A pesar de lo emocionante que suena esta renovada relación entre poblanos y visitantes, al principio la madre de Alejandro, Ana Lama, no estaba nada contenta de tener a auténticos desconocidos durmiendo en casa de su hijo. Pero con el tiempo descubrió los aspectos positivos y, al final, llegó a alquilar la habitación en la que Alejandro pasó su infancia en Airbnb.

Ana, que forma parte de una de las familias que más generaciones llevan en Puebla, nos explica la experiencia con sus propias palabras: «Nunca imaginé que tendría tanto en común con gente de Pakistán, Rusia, Francia o Colombia». Sin embargo, como ella misma nos cuenta entre risas, Airbnb le ha cambiado la vida. A los huéspedes les encantan sus desayunos, no solo por lo buena que está comida (como esas riquísimas tortas de maíz con chiles y cebolla), sino porque les da la oportunidad de conocerse un poco mejor. «¡Eres mi madre poblana!» es uno de esos cumplidos que Ana no ha dejado de oír en incontables idiomas durante los dos años que lleva siendo anfitriona.

        Pero el de Ana no es un caso aislado: al parecer, el encanto de las mamás de puebla se está haciendo célebre en todo el mundo. «¿Qué tengo que hacer para que me adoptes? ¿Crees que sería demasiado papeleo?», dice Paulina, una de las huéspedes de Malú, medio en broma, medio en serio, al recordar con tristeza que su estancia llega a su fin. Malú siempre se encarga de que los huéspedes sepan que quiere que se sientan como en casa, como si hubieran ido a visitar a sus padres o a sus abuelos, «pero sin verse obligados a pasar todo el rato con ellos». Ellos no le hacen ni caso: preparan con ella las recetas del libro de cocina de su abuela, le llevan regalos y siguen escribiéndole mucho después de haber vuelto a casa. Dejar atrás la casa de Malú no es nada fácil. ¡Y no hablemos de Puebla!

Rogelio Elizalde Arana es escritor de crónicas de viaje y anfitrión de Airbnb en Ciudad de México. En la actualidad, se encuentra explorando Nueva Zelanda en busca de nuevas historias.

*Entre el 1 de octubre de 2016 y el 30 de septiembre de 2017, el ritmo al que ha ido creciendo el número de huéspedes en Puebla, México, es del 333 %.