A pesar del terremoto trágico en Puebla, la hospitalidad de los mexicanos y nuestros anfitriones es más fuerte que nunca. Tras el último año, 306 por ciento más visitantes han viajado a Puebla*, una tendencia que la ha convertido en nuestro destino actual Not Yet Trending. Para revelar los secretos de la ciudad, fuimos directo a la fuente: nuestros anfitriones.

 A dos horas en coche desde la Ciudad de México, Puebla está revelando al mundo los tesoros culturales que celosamente guardó por siglos. Los jóvenes poblanos, al compartir sus tradiciones y abrirse al mundo, están transformándola de una ciudad de paso a un gran lugar para visitar.

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En México estamos acostumbrados a que nos llamen barrocos. Las quinceañeras y sus engelados chambelanes, así como nuestras abuelas y sus mantelitos tejidos a mano en cada mueble de la casa no nos dejarían negarlo. El vacío nos impone, y lo llenamos y cubrimos de colores, de música y de comida. Suena complicada la misión, pero si pudiera rastrearse el epicentro de nuestro barroquismo, éste tendría que estar en Puebla.

Puebla nació barroca en 1531—hasta su nombre oficial, la Heroica Puebla de Zaragoza, lo es—y se enamoró de ello. Es casi intimidante: cada edificio, convento, escuela y hasta la fondita y el local de pollo del mercado tienen un alto sentido estético. No hay un sólo hueco sin adornar en sus más de 360 iglesias. Los colores armonizan y las tipografías importan. Las cartulinas fosforescentes pintadas con plumón aquí no tienen lugar.

Este abuso de belleza no pasa desapercibido; cada vez más viajeros experimentados llegan aquí queriendo sumergirse en ella. No les basta un pueblito colorido diseñado para turistas, lo que quieren es formar parte de algo así de real, vigente y vivo como el centro de Puebla.

Y vaya que los poblanos son apasionados por sus tradiciones. “Me encanta ser barroca”, dice anfitriona Malú riéndose. Malú vive en el centro con su esposo Luis. Con una remodelación a su casona de época revolucionaria—les sobró espacio después de que sus hijas crecieron—decidieron habilitar cuartos para Airbnb. Han podido revivir las antigüedades de sus abuelos y bisabuelos que por años estuvieron guardadas en cajas. Así las nuevas habitaciones tienen el lujo de un hotel boutique, con un sentido de la historia de la ciudad y el calor de familia.

Este matrimonio de lo mejor de lo antiguo y lo nuevo—una nueva cultura barroca-moderna—es la esencia de lo que está atrayendo a los visitantes a Puebla. Empezando hace 50 años, muchas familias poblanas tradicionales del centro se mudaron a las entonces nuevas zonas de la ciudad. Hoy, los hijos y nietos de aquellas generaciones están regresando a vivir aquí; abriendo negocios en los edificios antiguos, estudiando, y buscando conectarse con sus raíces.

Analicemos alguno de estos edificios: por ejemplo, el Convento Secreto de Santa Mónica, donde confeccionaron el chile en nogada que, en el 1821, comió el barrocamente nombrado General Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, diseñador de la bandera mexicana y futuro emperador constitucional. El edificio también goza de un imprescindible patio central, muros gruesos de ladrillo rojo, cantera gris, argamasa blanca y, el sello de la casa, Talavera pintada de azul y blanco. Añadamos a esto una vista privilegiada del Izta y del Popo (y de vez en cuando también de sus fumarolas). Cualquiera querría un sitio así como oficina.

Aunque el resto del país siempre los ha visto como una sociedad cerrada e inmersa en sí misma, los poblanos sienten que hoy eso está cambiando.

Alejandro, financiero poblano de 26 años, es uno de esos agentes disruptivos encargados del cambio. Se mudó a la casa ancestral de sus bisabuelos en el centro de Puebla, la remodeló con su prima Natalia, y colocó cinco habitaciones en Airbnb. El patio que por muchos años albergó comidas familiares ahora es una fiesta internacional; alrededor de la fogata, entre las sábilas y cactus de su bisabuela, los huéspedes brindan con cerveza, balanceándose en hamacas, y a veces con guitarras y cantando.

Suena a gentrificación pero, a diferencia de otras ciudades por todo el mundo donde los antiguos residentes están siendo expulsados, este proyecto se preocupa por las personas.

 José, un poblano de 36 años, también quiso formar parte de esa onírica realidad. Rentó, junto con algunos socios, una casona abandonada del centro y abrió una panadería (Mostovoi), un restaurante (Casa Nueve), y un centro de coworking (Workósfera), y remodeló habitaciones en la segunda planta para rentarlas a través de Airbnb. El Barrio de los Sapos, famoso por su tianguis de antigüedades, tiene ahora de vecinos a jóvenes innovando y compartiendo con la comunidad.

“Queremos reintegrar las áreas segregadas, que la gente genere vínculos”, dice Tomás Darío, cofundador de Colectivo Tomate y amigo de José. En el edificio de las oficinas del proyecto, el colectivo pintó un mural que cuenta la historia del Río Atoyac, que desde hace años está entubado debajo del Boulevard Cinco de Mayo. “Mucha gente no sabe que aquí había un río que dividía la ciudad”. El centro, explica Tomás, “era el lado español; los indígenas sólo podían cruzar para trabajar. En las tardes, cuando se iban, se levantaba el puente para que no pudieran regresar. Necesitamos contar estas historias para que la gente entre en contacto con sus raíces y los barrios indígenas fundacionales”.

Xanenetla es uno de estos barrios. “Aun cuando nuestros ancestros hicieron con sus propias manos los ladrillos para construir Puebla, fuimos segregados por siglos”, cuenta Arturo Ramírez, habitante y cronista de Xanenetla. (Su familia ha estado aquí al menos por siete generaciones.) El pasea por su barrio y cuenta historias a los viajeros que se le acercan, algo que le agrada. “Cuando viajas tienes que preguntar mucho y hablar con todos los que puedas, hay que ser muy curioso para llegar a las escenas más auténticas”.

Arturo fue una parte crucial del proyecto “Ciudad Mural” del Colectivo Tomate, donde artistas nacionales e internacionales pintaron murales en todo el barrio para contar su historia y borrar el estigma de ser una zona peligrosa. “No vemos los murales como una forma de aprovechar el turismo. Queremos crear lazos con quienes nos visiten para, poco a poco, borrar muchos años de estar separados”.

Por más bonito que suene la unión entre los poblanos y los visitantes, a la mamá de Alejandro, Ana, no le causaba tanta gracia que su hijo tuviera extraños durmiendo en su casa. Alejandro le tuvo que convencer que pusieran en Airbnb el cuarto que él ocupó toda la vida.

“Nunca pensé que tendría tanto en común con alguien de Pakistán, Rusia, Francia o Colombia”, acepta ahora Ana entre risas. Ser parte de Airbnb le ha cambiado la vida; sus huéspedes aman sus desayunos, pero más que la comida, el delicioso momento de compartir y conocer más del otro. “Eres mi mamá poblana”, más de uno le ha dicho en los dos años que lleva como anfitriona.

Lo mejor es que Ana no es un caso aislado; al parecer el amor de mamá poblana se está esparciendo por el mundo. “¿Será muy difícil el trámite para que me adoptes?”, Paulina, una huésped mexicana le pregunta a Malú en tono entre bromista y triste al pensar en que su estancia está por terminar. A sus huéspedes, Malú les aconseja que se sientan como si estuvieran visitando a los tíos “pero sin la obligación de convivir con ellos”. Los huéspedes ignoran esa idea por completo: cocinan con ella, le traen regalos, y se mantienen en contacto aún después de que han regresado a sus casas. Es difícil irse de Casa Malú. Y de Puebla.

Un primo de la torta, la cemita es otra forma de apreciar lo barroco: el sabor del pan es profundo, está delicadamente adornado con ajonjolí, y en cada mordida, el pápalo hace que el queso Oaxaca, la milanesa y el aguacate se equilibren y regalen un inesperado sabor a flores. Paisanos que crecieron bajo la doctrina de la torta, tomen nota. Ya es hora de asomarse a una de las mejores tradiciones poblanas.

Después de haber conservado estos tesoros escondidos tanto tiempo, por fin los poblanos los están compartiendo. Y el mundo está notando. Ya todos quieren una probada de ese delicioso amor de mole poblano: picante, cálido y complejo.

Rogelio Elizalde Arana es un escritor de viajes y anfitrión de Airbnb en la Ciudad de México. Actualmente, está vagando en Nueva Zelanda, buscando más historias que contar.

* According to the internal arrival data of Airbnb guests for the city of Puebla, Mexico between November 1, 2016 and November 1, 2017.